LA VIDA DE UN ÍNFIMO CEPILLO DE DIENTES
Nunca pensamos en los ínfimos cepillos de dientes y en su vida monótona y hastiosa, ya que pasan la mayor parte de su existencia dentro del orificio bucal de la boca de ancianos, niños, adultos... O esto es lo que pensaba yo antes de conocer la historia de mi cepillo de dientes.
un día tranquilo de agosto, en Madrid, en el cual me encontraba descansando en mi dulce casa (un triste vaso), viendo pasar el tiempo inexorablemente, cuando de pronto vi mi vida pasar en millones de secuencias. Un niño despreciable e ignorante había empezado a sacudirme y a doblarme si de una simple cuchara de plástico se tratara, y acto seguido me arrojó dentro de un gran cuno de plástico oscuro y asqueroso.
Al cabo de unos días, un peine que pasaba por ahí, abrió el cubo de la basura en busca de comida (pelo humano, su comida preferida) y allí me encontró, muerto de asco con mis cerdas oleosas y pegajosas. Él me ayudó a salir. Por fin notaba de nuevo el aire fresco rozar mi casa, ¡Que alivio! Mi nuevo amigo, el peine, me echó una mano y conseguí mi objetivo, irme lejos de allí. Aquella misma tarde cogimos el tren para ir a Barcelona. Cuando bajamos del tren nos pusimos a descansar debajo de un viejo árbol porque estábamos cansados del vaivén del vagón. No obstante, un niño que pasaba justo por el lado me pisó y me rompió una parte de mi único y podre pie. Mi amigo el peine, al ver que me había quedado paralítico, se asustó mucho y me abandonó.
Afortunadamente, un niño pequeño al verme allí solo y abandonado me cogió y me llevó a su casa. Allí me curó la herida y me dio que nadie nunca más me abandonaría. Había logrado mi objetivo, encontrar un lugar en el cual me atendieran como me merecía.
Ya hace tres años que vivo en esta magnífica casa y con este fantástico dueño y amigo que me cambia las cerdas una vez al mes, me pone pasta de dientes aromática, me barniza el mango de vez en cuando y me protege como el primer día.